Murió Leopoldo Jacinto Luque, el goleador implacable de River y la Selección argentina campeona del mundo

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Tenía 71 años y estaba internado en terapia intensiva tras haberse contagiado de coronavirus. Un delantero sin tiempo con goles inolvidables y multiganador con el River de los 70.

Murió Leopoldo Jacinto Luque. Tenía 71 años y estaba internado desde mediados de enero en terapia intensiva tras contagiarse coronavirus. Fue uno de los más grandes centrodelanteros del fútbol argentino, brilló en River y quedó en la historia por los cuatro goles que aportó para la conquista del Mundial de Argentina 1978.

Luque fue un nueve sin época. Con la melena al viento y su bigote indeleble, mezclaba potencia y clase por igual. Hoy no hay como él en el fútbol argentino. Cuando jugó la Copa del Mundo estaba en su mejor momento deportivo. Con sus cuatro goles para la causa de César Luis Menotti quedó cuarto en la tabla de goleadores que lideró su socio Mario Alberto Kempes. Entonces defendía los colores de River, equipo con el que salió cinco veces campeón entre 1975 y 1980.

Luque había nacido el 3 de mayo de 1949 en Santa Fe en el seno de una familia humilde: padre, madre y seis hijos. Y de chico parecía decidido seguir el legado de su papá, que también se llamaba Leopoldo Jacinto y era ciclista federado. Hasta que conoció la pelota.

«A mí me mandaba a entrenar por un circuito de la costanera de Santa Fe, pero un día pasé por un seminario y estaban los curitas jugando a la pelota. ‘¿Querés jugar?’, me invitó uno. Estaba con zapatillas de ciclista, era más chico que ellos, pero me las arreglé bien y a partir de ahí me invitaron siempre», contó en una entrevista que le dio a Diego Borinsky, en su clásica sección «Las 100 preguntas», en la revista El Gráfico.

El fútbol con los «curitas». El fútbol en la escuela. El fútbol con pibes de los grados más grandes. El fútbol con los amigos de Guadalupe Junior, el club del barrio. Y de allí a las inferiores de Unión de Santa Fe. Sin embargo, nada fue sencillo para Luque. En el Tatengue lo dejaron libre antes de llegar a Primera y parecía que el sueño se despedazaba. «No le hagás perder tiempo a tu vieja, conseguí un laburo o seguí estudiando”, le dijo un dirigente. Mientras tanto, ayudaba a su casa probando suerte con otros trabajos.

«Cosechaba en la quinta de un amigo de papá: juntaba frutas y verduras y me pagaban por cajón. No los podía levantar, porque era pibe y muy flaquito, así que los arrastraba. Después, trabajé con un mosaiquista y luego en una fábrica de zapatos, todo mientras estaba en inferiores de Unión», rememoró en la misma entrevista.

Pero lo suyo era el fútbol. Ya estaba claro. Aunque tuviera que jugar los torneos regionales. De Unión a Gimnasia de Jujuy. De Gimnasia de Jujuy a Central Norte de Salta. De Central Norte de Salta a Rosario Central. Y de Rosario Central otra vez a Unión de Santa Fe, donde remendaron el error inicial y lo recompraron. Así fue como se transformó en un hombre clave en el ascenso del Tatengue a Primera tras ganarle la final a Estudiantes de Caseros.

Fue entonces cuando conoció el primer DT que le cambió la carrera: Juan Carlos Lorenzo. Luque todavía no tenía bigote y era un flacucho con poca disciplina. Pero el Toto lo encauzó y lo hizo subir de peso para que ganara en potencia. «Cuando terminaban las prácticas, muchas veces me iba al bowling y me comía unos panchos con una Coca y cuando llegaba a casa estaba sin hambre y no cenaba. Lorenzo empezó a hacerme concentrar un día antes que el resto para que descansara bien, me alimentara bien y después me llevaba al gimnasio y me hacía una rutina física fuerte, y se quedaba ahí controlándome. Me adoptó como un hijo, me ayudó muchísimo», le contó a El Gráfico y recordó Lorenzo también le cambió la posición: de 10 a 9. Y de 9 se transformó en crack.

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